lunes, 30 de diciembre de 2013

Esperanzas apocalípticas.

A veces las cosas no salen como queremos. Unas veces queremos algo distinto a lo que anteriormente queríamos, y ninguna de las dos cosas deseadas se cumplen, se marchan llevadas en una corriente a la que mucha gente llama destino, esa fuerza que lleva nuestra vida a diferentes caudales, diferentes finales, felices y apoteósicos o tristes y apocalípticos, solo tú eres capaz de guiar tu destino a través de elecciones, ya sean acertadas o erróneas. Unas veces harás daño a los demás por salvarte a ti mismo, otras veces tendrás que sacrificar tu cuello con tal de hacer felices a los demás, no siempre se puede ser egoísta en esta vida, pero tampoco puedes dedicar todo a los demás.
Siempre intento ver mi vida de forma optimista como si todo lo que me pasase tuviese cosas positivas que afectan mi vida a bien, aunque esta es una buena pero falsa forma de taparme la vista para no ver la realidad que mis ciegos ojos no quieren ver bajo ningún concepto. Estoy ciego metafóricamente, no me atrevo a abrir los ojos y ver que estoy solo cuando más lo necesito, cuando mis emociones asaltan la fortaleza de mi mente con catapultas y armas que solo afectan a mis sentimientos. No quiero ver que en realidad no hago nada más que exponerme a los demás, dejo que cualquier persona me afecte como si mi vida dependiese de un "te quiero" o de un "te echo de menos". He descubierto que en esta vida no puedes esperar nada de nadie, nunca esperes acciones que te gustaría que alguien hiciese por ti, y mucho menos esperes muestras de cariño de alguien que nunca sale de tu mente, porque probablemente lo único que ocurra es que esa persona se quede para hacer daño sin intención... haciendo que tú mismo seas el que se hace daño.
Si nos gusta el verde no todo va a ser verde, o si preferimos el amarillo no todo va a ser amarillo, a veces es más complejo que elegir cuál es tu color favorito o qué canción te define mejor, es complejo a nivel de decidir qué es lo que quieres y qué vas a hacer para lograrlo aunque eso te deje por los suelos.
Tal vez no esté tan solo como a veces creo que me encuentro en este mar en el cuál las profundidades que nos aguardan aún son inexploradas y oscuras, pero lo que sí sé es que me siento incomprendido y marginado, como si nadie me apoyase interiormente. Todos realizan actos como darme abrazos, hablarme... pero nunca nadie de verdad se ha preocupado por lo que pienso, por lo que siento, o simplemente por lo que quiero.
Por eso mismo nunca espero nada de nadie cuando yo hago algo por los demás, pero ser escuchado de vez en cuando nunca viene mal, a todos nos viene bien un desahogo de vez en cuando y un "estoy contigo, todo va a salir bien". Todo el mundo piensa que lo saben todo de tu vida, pero no es así, para saber todo debes de estar al lado de alguien, en las buenas y en las malas, y eso hasta ahora, y dando gracias, solo me lo ha demostrado una persona, pero hasta hace poco no había nadie.

En conclusión, nunca esperes nada de nadie, si te esperas algo bueno y lo que te ocurre es algo de medio gusto, tu decepción será mayor al agrado que te hubieses llevado de haberse cumplido tu sueño, en cambio, de no esperar nada y llevarte una grata sorpresa, por insuficiente que sea, la sorpresa no podrá ser peor a no haberte llevado nada.
Como bien dicen... más vale malo conocido que bueno por conocer.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Nunca sabes lo que tienes hasta que miras al cielo.

"Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes". Esta frase tal vez sea la verdad más grande y universal que haya existido y existirá en toda la historia.
El ser humano es así de extraño, aún desconocido, y nunca aprecia todo lo que tiene, porque quejarse de lo que no tiene es más fácil que dar gracias por poder disfrutar de sus posesiones o del entorno que le rodea. ¿Cuántas veces has caído en depresión por no tener a la persona que quieres mientras podrías disfrutar de otra gente cercana a ti? ¿Cuántas veces te has revelado contra tus padres u otras personas por querer algo que no te van a dar pese a tener otras cosas que previamente te dieron? ¿Cuántas veces has querido algo o a alguien más que a ti mismo pero lo perdiste por no demostrarlo lo suficiente? Me apostaría cualquier cosa a que más de una vez habéis tenido parte en alguna de estas ocasiones.
El incomprendido ser humano necesita aprender a apreciar todos los detalles de la vida, por insignificantes que sean.
Mira al cielo, ese gran y espectacular lugar donde infinitas nubes flotan como sueños que aún están por alcanzar, vagando sin rumbo mientras buscan algún dueño desde las alturas que las liberen de su tormentosa y condenada libertad.
Tras las nubes se esconde el cielo, que cada atardecer se tiñe de un suave naranja, un naranja capaz de arrancar los sentimientos más ocultos de los solitarios o emparejados corazones haciendo estallar en la mente un sinfín de placenteras emociones debido a la belleza del momento  en el que el sol vuelve a su guarida, dejando paso a la noche, llena de estrellas que junto al fondo oscuro y a la luna simulan un mar de brillantes oportunidades para empezar una nueva vida, emprender nuevos viajes físicos o mentales, o empezar a saber todo lo que ya deberías saber sobre la vida.

Mucha gente no aprecia lo que acabo de describir, simplemente se limitan a pensar que el cielo siempre estará ahí arriba esperando a ser admirado. Realmente nunca sabemos cuándo va a ser la última vez que veremos el cielo en todo su esplendor.
Triste y lamentablemente esto también ocurre con las personas. Nos limitamos a existir sin tener en cuenta el efecto que ejercen los demás sobre nuestras vidas, hasta que un día, física o sentimentalmente, perdemos a alguien que sin remediarlo nos importa. Cuando sufrimos una pérdida así pensamos en lo injusta que es la vida, recordamos en todo lo bueno pasado a su lado, curando las ganas de decirle a esa persona lo mucho que le quieres en vez de haber prevenido este momento.
¿De verdad alguna vez nos molestamos en decir lo mucho que apreciamos a los demás sabiendo que a la mañana siguiente puede que alguien cercano no vuelva a ver el inmenso y azul cielo sobre su cabeza? Aquél cielo tan insignificante a los ojos ciegos que tratan de ver más allá de las nubes, quedándose con la vista envuelta en las motas de polvo que vuelan con la brisa creando laberintos invisibles sobre nuestras mentes indispuestas.

Decide si quieres darle un valor incalculable a las cosas más insignificantes antes de que cualquier día puedas dejar de tener algo que luego eches en falta, disfruta de la gente a la que quieres como si no hubiese mañana, o como me gusta decir, como si no hubiese cielo para rato.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Todo irá bien... creo.

"Todo irá bien, no pasa nada, estoy en esto contigo".
A veces eso es lo que necesitamos todo el mundo cuando algo preocupante nos ronda por la cabeza.
Queremos gritar y pedir ayuda, y cuando vemos que nadie viene a salvarnos de todo lo que pasa a nuestro al rededor, nos desesperamos, creemos que todo está perdido.
Este sentimiento ahora mismo para mí es vivido en mí mismo y en alguien que no soy yo, y me siento impotente al ver que nada puedo hacer para que la otra persona deje de sentirse como yo, a la espera de un cálido abrazo y unas palabras reconfortantes que me hagan sentir vivo al menos dos o tres minutos.
La vida a veces está hecha para vivirla en solitario, paseando por la calle con música, mirando al cielo, y esperando que algo que cambie la rutina caiga desde las alturas. Mientras tanto, queda esperar en el frío invierno junto a los pensamientos solitarios y rápidos como una estrella fugaz huyendo de su destino, queda mirar al suelo esperando que crezca la hierba que traerán las ilusiones y las esperanzas que llegan con la primavera.
Tal vez todo eso sea cierto, algo que pienso día y noche, pero algo de lo que sí estoy seguro es que todo el mundo necesita algo de cariño de vez en cuando, así que te animo a que cuando veas a alguien desesperado, ahogado en su mente, mirando al suelo esperando que crezca el césped verde (color esperanza, o eso dicen), acércate y dale un abrazo, un beso en la frente, y dile "todo irá bien, no pasa nada, estoy en esto contigo". Da igual si conoces a esa persona o si es la primera vez que sabes de su existencia. Saber que alguien está a tu lado en tus momentos difíciles no está nada mal, reconforta y ayuda a crear esperanzas donde fueron arrancadas sin piedad.
Total, solo se vive una vez, y ser feliz es un objetivo común para todos, así que no está de más ayudar a otras personas a conseguir el objetivo que tú mismo esperas alcanzar algún día. Míralo de esta manera: si ayudas a los demás a ser felices, cuando tú estés pasándolo mal y no recibas nada que te ayude como tú hiciste, podrás quejarte, en cambio, si nunca hiciste nada para ayudar a los demás, al no recibir ayuda en tus momentos más difíciles, no podrás quejarte de no recibir lo que algún día diste. 
Ahora, solo espera a que alguien capaz de cumplir lo que anteriormente he dicho se acerque a ti, te diga "todo irá bien, no pasa nada, estoy en esto contigo", y de verdad esté contigo a tu lado.
Suerte, y ánimo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Rutina de una estrella apagada.

Hoy por fin me toca ser feliz. Voy a levantarme, voy a cantar, voy a bailar y gritar, y por fin voy a ser feliz. Voy a tener una sonrisa bien merecida en la cara, voy a salir a la calle, voy a pasármelo bien bajo el cegador sol en el despejado cielo que calienta el aire sobre los árboles de los espaciosos e iluminados parques, y al anochecer, podré pasear con tono melancólico pero feliz entre las luces que adornan toda la ciudad mientras parpadean al son de la música.
Luego volveré a casa con tono alegre y amistoso, me daré una refrescante y relajante ducha para posteriormente, acostarme con buen sabor de boca.


Pero ni diez minutos necesito para darme cuenta de que no va a ser así.


Nada más despertarme, abrazo mi almohada en busca desesperada de recibir algo de cariño, aunque solo recibo inanimado calor que sirve para hacerme recordar cosas que no quería rememorar.
Al salir a la calle, no hago otra cosa que escuchar música apagada y monótona, mientras tumbado en el helado césped de invierno miro el encapotado cielo con deformes nubes a las que no encuentro formas aparentes.
El frío entra por cada abertura que queda libre entre mi ropa, congelando mis esperanzas y mis latidos entumecidos por las circunstancias y problemas que me atormentan día y noche.
De vuelta a mi hogar, admiro las luces comparándolas con las estrellas, las cuales están destinadas desde siempre a brillar sin que puedan quejarse, obligadas a lucir aunque se sientan tristes y miserables. Ojalá yo fuese así, capaz de brillar y dejar todo lo malo a un lado, o simplemente camuflarlo.
Al llegar a casa, aún con la ropa de la calle puesta y los cascos sonando en mis oídos, me dejo caer sobre el mullido colchón de mi cama y dejo mi inexpresivo rostro sumergido en la almohada, ahogando mis entrecortadas palabras susurradas que intentan seguir la letra de la canción que puedo escuchar por los auriculares.
Después de un rato con el cerebro inoperativo, me meto a la ducha, donde debajo del caliente agua dejo evaporar mis pesimistas pensamientos hasta que vuelven a mi mente rápidamente precipitándose como una tormenta de verano.
Más tarde, intentando dormir, me hago una bola creyendo que así seré invulnerable a las pesadillas, y empiezo a pensar que mañana me tocará ser feliz al fin, que todo irá bien, que me tocaría ser una estrella más destinada a brillar en el inmenso cielo, pero sabiendo que mañana pasaría igual que hoy, y así, en un círculo vicioso día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

martes, 26 de noviembre de 2013

Sociedad = Suciedad.

Hola, hoy vengo a escribir una entrada en la que voy a expresar una opinión mía.
A pocos o a muy pocos os interesará mi punto de vista de esta sociedad tan estereotipada, pero no aguanto más, necesito explotar e impregnar mi blog con mis críticas palabras.
Bien, estoy hasta las narices, estoy harto de esta sociedad donde solo valen las copias, donde si todos son rojo y tú eres verde acabas hundido en el fondo de una marea roja como si un tsunami te arrastrase hasta el fondo de un mar lleno de rocas afiladas y puntiagudas, como las palabras que la gente estereotipada suelta hoy día para herir a los demás, o al menos intentarlo.
Admitámoslo, aquí si no eres del "grupo social" que predomina en la época en la que te toca vivir, eres marginado, tachado de rarito y de portador de la enfermedad a la que me gusta llamar "Personalidad".
Os preguntaréis por qué he atribuido la facultad de ser una enfermedad a algo tan genial como la personalidad. La respuesta es sencilla: todo el mundo en el presente evita tener personalidad por el miedo a ser diferentes, y prefieren ser copias baratas que esquivan la personalidad como si fuese de las más horripilantes enfermedades.
Los portadores de personalidad son aislados, como leprosos en la antigüedad, pero... ¿por qué? ¿A caso la personalidad es mala?
Para nada, lo contrario, la personalidad es algo magnífico, y la gracia de conocer a otra persona realmente es ir descubriendo poco a poco lo que verdaderamente los ojos no pueden ver, lo desconocido, es decir, la personalidad.
¿Por qué el ser humano se asusta de lo desconocido? Parece que atribuyen todo lo malo existente del mundo a lo que desconocemos sin saber si lo que esconde puede ser lo más increíble que jamás hayamos podido observar en toda nuestra escueta vida o si de verdad se esconde algo malo.
¿A caso no es gracioso descubrir cómo es la forma de ser de una persona?
Bien, hoy día es imposible, ya que todo el mundo es igual, con las mismas características, los mismos gustos influenciados por la sociedad, la misma forma de vestir criticada por la moda....
Moda, esta palabra es la que influye en todo. Si no vas a la moda nadie quiere estar a tu lado o eres menos admirado que alguien con menos características positivas y cualidades culturales pero con más objetos y vestimentas a la moda que tú.
Esto es así, es una realidad, y lo sé porque hasta yo he caído alguna vez en las garras de la ignorante moda...
Volviendo a la sociedad, si no vas a la moda, si no te gusta el fútbol, si no hablas de un determinado tipo de juegos de determinada videoconsola, si no llevas vestidos de costosas marcas, si no te gusta un tipo de música, si no llevas el pelo como los demás, si haces algo fuera de lo común, si te gusta algo o alguien que la retrógrada sociedad no ve con buenos ojos, bienvenido a la isla de los incomprendidos. Coge sitio, ponte cómodo, y mira como acaba el mundo entero lleno de baratas copias que algún día volverán a la realidad, se verán perdidos y acabarán matándose unos a otros.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Cuento de medianoche.

Me tumbo, cuento las estrellas que imaginariamente sobrevuelan el techo de mi habitación, y antes de darme cuenta caigo rendido en mi mullida almohada que tantas veces había oído mis aburridas pero intensas aventuras de amor, amistad, dolor, felicidad..., y empiezo a surcar los mares que algunos llaman "sueños".

La leve brisa marina azota mis mejillas haciendo elevar los extremos de mis labios, formando una sonrisa perfectamente imperfecta, que expresa armonía, felicidad, tranquilidad... todo lo que mi ilusión dejó.
Soy capitán de mi barco al que me gusta llamar "esperanza", la esperanza que necesitaba para seguir adelante en mi travesía para encontrar un gran tesoro que un día un malvado y desgastado pirata escondió en una isla situada en un lejano mar desconocido.
 Los fieles tripulantes que viajaban acompañándome a bordo del navío se movían de estribor a babor, de popa a proa, de un lado a otro preparando el medio de transporte que nos haría poseedores del botín al que llamaban "felicidad", sin saber muy bien lo que contendría tal preciado cofre del que tanto había oído hablar.
Pasaban los días, las noches, y nuestros ánimos no decaían pese a la escasez de alimentos y salud en el barco. Los tripulantes y yo sabíamos que tarde o temprano, debido a nuestras ilusiones, acabaríamos encontrando aquella deseosa recompensa que la vida nos debía por tantos años de pobreza, angustiosa tristeza y soledad.
Cada noche me acostaba mirando aquella foto que me dio aquél hombre encapuchado en la taberna más transitada de toda la ciudad. Me dijo avivando mis ganas de encontrar el cofre que lo que aquella foto muestra es la diminuta apariencia de la isla donde se esconde el tesoro.
Contra todo pronóstico, una noche calmada con el cielo lleno de tantas estrellas como cuentos hay en el mundo, las olas empezaron a tomar alturas tan inmensas como nuestras ganas por terminar la travesía, y el cielo empezó a encapotarse con nubes tan negras que no dejaban a la vista ni si quiera la redonda y luminosa luna que nos guiaba a ciegas con su tenue luz hasta nuestro destino.
Junto a mi tripulación, salgo de inmediato a la cubierta para ver las inmensas alturas de las escalofriantes olas que acechan nuestro tranquilo barco, y en un intento de correr de vuelta hasta el interior del buque, una ola vuelca la embarcación.
Antes de poder agarrarme al borde de la cubierta, me golpeo la cabeza y caigo inconsciente al mar, donde a la deriva, sin ningún tipo de guía, soy arrastrado sin rumbo, llevado por la mar.
Abro los ojos, y mis manos, envueltas en fina arena, se retuercen como si tuviesen vida propia. ¿estoy muerto? ¿Acaso soñé la tormenta que atacó a mi barco?
Ninguna de estas opciones era correcta.
Me encontraba en una isla, y a juzgar por la apariencia que me recordaba a aquella foto del pequeño islote, sin duda alguna era donde se escondía el gran tesoro que tanto ansiaba.
Con ganas y sin pensar me levanto de inmediato pese a los mareos que mi tormentoso viaje me habían dejado, y siguiendo el instinto que mi mente me brindó en ese momento, empiezo a escavar con mis arrugadas manos en la arena, junto a la única pero enorme piedra que se sitúa justo en la mitad de la pequeña isla.
A juzgar por el sol, pasadas unas dos horas y habiendo escavado en diferentes lugares al rededor de la roca, encuentro por fin algo duro de madera, un cofre, el tesoro al que tanta gente llamaba "felicidad", justo lo que en aquél momento empezaba a sentir.
Cuando abro el cofre y me doy cuenta de la inmensa cantidad de oro y joyas que había en tan reducido espacio, empiezo a pensar en las cosas que podría comprar, en todo lo que podría tener bajo mi dominio, y en el alto reconocimiento social que iba a alcanzar, pero según pasaban las horas y lo único que podía hacer era abrazar al rígido cofre, me doy cuenta de que de nada me servía aquél tesoro si no me iba a sacar de aquél diminuto y desierto lugar donde el dinero era la menor preocupación que podía tener.
Unos días más tarde sin alimento y sin bebida que echar en mi vacío estómago, medio moribundo, me pregunto si de verdad esta caja contenía lo que todo el mundo le atribuía, la felicidad, y rápidamente me doy cuenta de que no es más que una mentira, una manera de auto engañarse para ser feliz con algo que en realidad no te ayuda más que un simple y sencillo bote salvavidas, y pobre de mí, me lo creí, convirtiendo este baúl en un sueño que tanto había perseguido cegado por las ganas de encontrar la felicidad sobre todas las cosas, una felicidad nula, un sentimiento que empiezo a darme cuenta de que en realidad no era felicidad lo que escondía, si no una avaricia que tarde o temprano acabaría con el hundimiento de mi buque llamado "esperanza", de mi tripulación, mis únicos amigos, y una mi muerte inminente frente a la astuta y engañosa vida y bajo un extenso cielo que al descubierto muestra toda su belleza con miles de estrellas que fugazmente, como mis sueños esfumados, se mueven por el espacio.

jueves, 31 de octubre de 2013

Felicidad.

¿Alguna vez te has sentido la persona más pequeña e insignificante del mundo, como una mota de polvo en el necesario aire que respiramos?
Ver que todos destacan, y tú ahí estás, como la típica persona en un sillón apartado de todo en una gran fiesta.
Te frustras, te sientes inútil, te deprimes, hasta que un día, sin saber cómo, te das cuenta de que debes conseguir aquello que todos ansiamos con ganas... la felicidad.
Al conseguirlo, dicen que te hace sentir enorme, como King Kong en el mismísimo Empire State, tan alto que puedes tocar las nubes. Pero al igual que a este mítico personaje, en tu escalada hacia la felicidad habrá personas que quieran evitar tu ascenso hasta la cima, evitar que protejas lo que más quieras aunque solo eso te haga feliz.
Te ponen metas, limitaciones, te intentan derrumbar, intentan aplastar tus ilusiones y sueños como un mosquito que se limita a volar sin rumbo fijo en el lugar y momento inadecuado.
La felicidad, ¿de verdad sabes qué es sentir felicidad? ¿Acaso alguien lo sabe?
Sin duda, la meta principal de las personas debe ser aprender a ser feliz, y nos debe dar igual los impedimentos que nos pongan.
¿Que necesitamos algo para ser un poco más felices? Intenta conseguirlo a toda costa pese a los impedimentos de los demás.
¿Necesitamos a alguien para ser un poco más felices? Lucha por esa persona pese a los comentarios ajenos.
Aún así, para ser felices plenamente, en mi opinión, deberíamos aprender a aceptarnos tal y como somos, aprender a vivir a gusto con nosotros mismos, sin quejarnos de vivir lo que vivimos.
También debemos aprender a apreciar los pequeños placeres de la vida, aquellos que tal vez sean ajenos a la vista o algo que quizás no sea material, que se sienta desde dentro, aunque tal y como somos las personas, no nos conformamos con los pequeños detalles, si no que siempre esperamos lo máximo de cada persona, y cuando vemos la realidad, nos hundimos en nuestros pensamientos irreales.
Por eso siéntete a gusto tal y como eres, aprecia los pequeños placeres de la vida, no esperes tanto de los demás, pero sí de ti mismo para así llegar más lejos, y pase lo que pase, nunca te rindas.
La vida no está hecha para tener dos oportunidades.
Empieza a ser feliz.

lunes, 14 de octubre de 2013

Desahogando gritos ahogados.

A estas alturas ya nada puede canalizar mi ira, mi enfado, mi gran y destructor sentimiento deseoso de acabar con toda existencia.
Quiero salir de aquí, quiero tumbarme en un parque mientras miro con tono despreocupado las tambaleantes ramas de los árboles movidas por el ligero y frío aire de otoño, quiero olvidar la angustia que siento cada vez que me quedo en mi apretada y encarcelada habitación. Quiero escapar. Quiero gritar. Quiero llorar.
Me siento como un maldito ratón, engañado tantas veces que ando despistado siempre, y encerrado en una jaula en la cual no puedo parar mi estrés ni mi amargura.
¿Es que la vida se ríe de mí?
Ahora, mi momento de ira, te veo, veo tu desproporcionada cara, aquella cara que me quitó todo lo que en aquél momento apreciaba.
Tengo ganas de explotar, de reventar y esparcir mis dolorosos recuerdos sumidos en angustia liberados por mi enfado y mi tristeza.
No tengo con qué parar esto, no puedo, lo único que me quedaba para combatir esto se fue, y el bote salvavidas, mi música, ya no me tranquiliza en absoluto.
Quiero rallar el sol con mis gritos, hacer explotar el mundo entero con mis potentes y peligrosos deseos.
Basta... necesito sonreír, un abrazo, un beso, calor humano, necesito afecto, pero aquí estoy, en mi cuarto aislado sin poder salir al exterior...
Por fin, un día, estoy en lo alto de una inmensa montaña... necesito gritar, sentir que todo el mundo me oye, cuando sé que solo los árboles sentirán mi enfado. Quiero gritar "¡¡HIJO DE PUTA!!" teniendo esa cara presente en mi mente, quiero chillar aún más fuerte "¡¡TE QUIERO!!", borrando antes ese rostro insultado y cambiándolo por aquél que podría salvarme de esta situación, queriendo escupir mis monstruosos pensamientos sobre todo ser vivo.
Cuando por fin lo hago, respiro, dejo mi mente en blanco, oigo el eco de mis gritos de enfado seguidos por los de aprecio, busco una sonrisa en mi rostro, que finalmente, no aparece, y descubro que no por más desahogarme, voy a conseguir lo que más deseo.

sábado, 12 de octubre de 2013

De norte a sur, o de sur a norte.

Camino, camino sin rumbo, dejando mi suerte al azar, y jugando mi vida con el destino. Espero impaciente llegar a algún sitio desconocido, lejos de ojos curiosos, o miradas burlonas, para conectar musicalmente con mis emociones, y, sin embargo, desconectar sentimentalmente con los pensamientos que cada día acaban conmigo.
Basta, he tenido suficiente, suficientes paranoias montadas y desordenadas por mi iluso y aún inocente cerebro. Tal vez no esté preparado para surcar los cielos como los pájaros, libres, y, aún así, atrapados en sus pequeños cuerpos.
Me siento en el césped, que intenta pincharme con sus débiles pero persistentes hojas para evitar ser aplastado, como yo debería intentar picar a mi corazón para no dejar que me manipule haciéndome sentir mal cuando debería sonreír, ser feliz...
Conecto los auriculares y ahí están, ahí se encuentran la sensata letra, la delicada melodía que viaja por mi mente, y la frágil voz de la canción que tantos recuerdos empapados por lágrimas me traen. Lágrimas de tristeza, alegría, odio, rencor, nostalgia... de picos emocionales de los que ya no es fácil salir. Miro al cielo, recuerdo aquél olor que tanto gustaba a mi nariz, haciéndome sentir en aquellos días tan significativos para mi felicidad, y más tarde, mi repentina tristeza.
Suspiro, intentando volver atrás en el tiempo y en el lugar, hasta donde era feliz, donde sabía que todos mis problemas se transformarían en un charco que al sol rápidamente se evaporaría, como lo hacían mis ganas de llorar al estar con la razón de mi sonrisa.
Miro al inmenso cielo, y veo divagar las nubes, de norte a sur, o de sur a norte. Recuerdo promesas, promesas vacías, promesas rotas como un juguete tras ser usado durante un periodo de tiempo y tirado como algo inútil en el contenedor, asemejándose a algo que siempre ha carecido de sentido, aunque en su triste verdad, esconde emociones sentidas a flor de piel. Pienso en el tiempo del pasado, en los lugares visitados, en los recuerdos mezclados con las promesas rotas, y me pregunto, "¿a dónde han ido? No hay lugar para esconder algo tan grande como todo eso".
Sin esperar respuesta ajena, me digo a mí mismo: "Intentarán esconderse junto a lo más hermoso de nuestro mundo, que aún así, pasa desapercibido... viajando de norte a sur, o de sur a norte".

sábado, 5 de octubre de 2013

Game L-over.

El amor es como un juego, en el que ya mucha gente ha lanzado tantas veces el dado que casi roza la línea de meta, y otra multitud de personas que esperan con impaciencia tirar el dado por primera vez.
Lo últimos nombrados, tienen miedo a encontrarse a los primeros, por miedo a la experiencia que ya han adquirido, mientras que, los que ya han movido ficha varias veces, no tienen miedo de volver a intentarlo, para ellos es un movimiento más, una nueva e insignificante casilla, pero para los principiantes, lanzar el dado por primera vez es mucho más que eso. Es un comienzo de algo, algo desconocido, una nueva etapa en un juego distinto y con diferentes reglas.
Los nuevos, normalmente, tienen miedo de ser devorados por los expertos, dejándoles fuera de juego, con la ficha rota y sin posibilidad de lanzar el dado de nuevo.
Una vez empieza el juego, no hay vuelta atrás, y mucho menos hay "huevito duro" o "crucis" que valgan.
Aquí, en tierra de nadie, eso no existe.
Una vez que empiezas, prepárate para sentir angustia al ver que te pueden eliminar o al ver que nunca llegarás a la meta, también puedes sentir alivio al aliarte con otro jugador, puedes sentir tristeza si esta alianza se acaba y acabas de vuelta al océano de fichas extraviadas, con los sentimientos abandonados como los juguetes rotos que son.
Prepara tu corazón a prueba de bombas, y que empiece el juego.

viernes, 4 de octubre de 2013

Mi mundo llamado música,

Me encuentro retorciéndome entre las cálidas y reconfortantes sábanas, intentando organizar mis desordenados y problemáticos pensamientos mientras me sumerjo lentamente en un mundo lleno de rápidos emocionales, que descienden en un rebelde río de magníficas melodías.
Me encuentro en mi mundo, en el que sentirse de mil maneras a la vez no es nada patético, donde tranquilamente puedo pensar más allá de la escuela o de las duras lecciones que me da la vida día a día.
Un mundo donde solo hay sitio para mis náufragos sentimientos en océanos repletos de angustiosos recuerdos que desde el principio de los tiempos, aún flotan en la orilla.
Mi mundo, donde atónito, contemplo mis problemas desvanecerse junto a las preocupaciones en la suave brisa que corre lentamente por sendas invisibles sobre mi desorganizada cabeza, , mientras lloro, río, grito, salto, tanto de frustración como de alegría, y finalmente, me acurruco como un bebé recién nacido, buscando calor y respuestas a mil preguntas que jamás serán descubiertas.
Mi genial mundo donde solo estoy yo, nadie más, y no tengo que preocuparme de las miradas ajenas que buscan hacer daño, pese a las promesas que me hicieron que aún arden en el pasado.
Mi mundo mágico capaz de convertir al más cobarde en el más valiente.
Mi mundo donde de verdad me siento como soy.
Mi mundo, llamado "Música".

sábado, 28 de septiembre de 2013

El Cubo de la Vida.

Me despierto en una habitación negra, tan oscura que me provoca claustrofobia, y con poco oxígeno, como si nunca hubiese entrado una corriente de aire dentro.
Me intento levantar del suelo, pero mis fuerzas son escasas, hasta que sin saber cómo, mantengo los pies sobre el suelo, mientras intento no caerme.
Una vez de pie me limito a mirar de un lado a otro, como si creyera que con solo mi mirada pudiese lograr escapar o ver a través de esas claustrofóbicas paredes.
Decido andar hacia uno de los lados.
Un paso, otro paso, y otro. Al tercer paso por fin puedo tocar uno de los lados, y al entrar en contacto con la lisa cobertura, desde mi mano hasta mi interior siento cómo recorre rápidamente la angustia, claustrofobia... empiezo a agobiarme, y  noto más sentimientos desoladores casi imposibles de describir.
Al final, siento frío. Quito la mano y pienso: ''Debe de haber una puerta, seguro''.
Me alejo dos pasos de esa desoladora pared, y me dirijo hacia la izquierda, dando pequeños pasos para no darme contra los tabiques.
Alargo el brazo, y siento algo frío y cortante, la pared número dos.
Intento acariciar el muro para encontrar algo, pero cuando más acariciaba la pared, empezaba a sentir miedo, terror, e incluso noto como se me pone la piel de gallina poco a poco, como si la pared me transmitiese esos sentimientos de alguna manera desconocida.
De repente, sin pensarlo, quito las manos de la pared y doy unos pasos atrás agonizado por el miedo, y sin querer, toco la pared número tres, que se encontraba paralela a la número dos, esperando que nada ocurriese.
Ojalá hubiese sido así.
Una vez tocada la tercera pared, como si no hubiese vuelta atrás, trato de encontrar algo que me permitiese salir de aquél cubo de torturas, pero, de repente, noto como mi corazón fuese más despacio de lo que normalmente va, y siento como me invade la tristeza y un horrendo sentimiento de remordimientos sin ninguna razón, que no me deja respirar, como si tuviese el corazón y los pulmones llenos de ardientes y apretadas zarzas.
Cada vez tengo menos fuerzas, y siento como si mis piernas fuesen de algodón.
Al separarme de la tercera pared, me desplomo en el suelo, y me encuentro totalmente en blanco, sin saber que hacer, encerrado en aquel cubo anormal que controlaba mis sentimientos.
Con esperanzas de encontrar la salida, recuerdo que me falta un último tabique. Me arrastro por el suelo hasta llegar a la pared número cuatro, y antes de tocarlo, me pregunto qué sentiría ahora. Alzo mi mano para tocar el muro, y con la ayuda de su apoyo, me levanto para poder intentar buscar la salida.
Al contacto físico con la cuarta pared, cada segundo que pasaba, mis venas empezaban a encoger, sin dejar paso a la sangre. En ese instante, solo siento ira, dolor, ganas de gritar y romper todo a mi alrededor. A continuación, mi mente simuló que las paredes caían sobre mi, haciendo desplomarme sobre el suelo mientras mis venas, de una en una, estallaban. Me quedo quieto durante un corto periodo de tiempo, pero, sin evitarlo, al sentir tanto dolor, me retuerzo por el suelo del maldito cubo.
Agonizado por el miedo de morir, empiezo a retorcerme por el suelo debido al dolor. En uno de mis vuelcos sobre el suelo, siento algo, algo duro que da contra mi pierna, a si que sin pensarlo dos veces, me acerco lentamente, y me dispongo a cogerlo. Una vez en mi mano, descubrí que era una linterna.
Me siento aliviado, pero no por ello menos dolorido. Presiono el interruptor de la linterna para descubrir lo que me rodeaba, y vi las paredes, todas ellas negras, pero cada una con un tono, manteniendo su aspecto lúgubre. Mirando detenidamente en cada muro, descubrí que no había vía de escape posible.
Noto como me arde el cuerpo, y me tumbo mirando hacia arriba, con ánimo de recordar lo único que en ese momento me podría distraer, las estrellas.
Apoyando la linterna en mi tripa, el techo se iluminaba, y pude descubrir que arriba había una trampilla con posible huida.
Utilizando mis últimas fuerzas, intento ponerme en pié, pero al intentar apoyar el brazo, me caigo rápidamente, haciendo que me duela aún más el brazo, aún con las venas estallando ordenadamente.
Al lado de la trampilla había un megáfono, por el que una voz macabra citó: "Este cubo, llamado El Cubo de la Vida, representa la vida gráficamente. Te preguntarás: "¿por qué un cubo?", y mi respuesta es sencilla. Nosotros, las personas, estamos atrapados en un cubo, llamado la vida. Nadie ha elegido entrar, pero una vez dentro, no hay forma sana de escapar. El objetivo de este malévolo proyecto es enseñar de una forma algo descabellada el secreto de la vida. Su moraleja trata de que, antes de sentir todos los sentimientos que afectan tanto físicamente como sentimentalmente a nuestra persona, nos ocupemos de buscar en lo más alto, buscar la felicidad con la ayuda de la esperanza, representada como la quinta y última pared. Nadie consigue salir vivo de aquí, ya que en la vida no nos enseñan a buscar bien la felicidad, si no a tener miedo de nuestras acciones, a ponernos en el peor de los casos antes de pensar en lo bueno, de ser optimista, para que la gente no pueda ser feliz jamás...". A continuación de esta frase, no pude oír con claridad nada más.

Automáticamente, entiendo todo, y sin poder evitarlo, se me dibuja una sonrisa en la cara.
De repente, siento como iba desapareciendo mi dolor... y los malos sentimientos transmitidos por cada una de las paredes...
Al instante, todo se volvió negro.

viernes, 27 de septiembre de 2013

"I will wait for you".

Recorro las espaciosas y vacías calles de la ciudad con paso decidido e inseguro de mí mismo a la vez, sabiendo que en cualquier momento puede sonar por los auriculares esa canción que se encargaría de acabar con mi inexpresivo rostro, dejando un rastro de recuerdos y sentimientos que harían estremecer hasta al más fuerte.
Tan pronto como cantan los pájaros tratando de avisar a los transeúntes, empiezan a resonar por cada rincón del casco urbano feroces estruendos que anticipan la tormenta.
Tras cinco largos y callados segundos, tras un trueno lleno de energía, empieza a caer fuertemente una manta de lluvia rebotando contra mi cara, con intención de acariciar mi rostro sin sentido, que cada vez se moja más hasta que parezco recién salido de una relajante y estimulante ducha.
Con desgana, me paso la caliente y suave capucha de la sudadera sobre mi cabeza, simulando un escudo que me protege de todo lo que pasa en el exterior, tanto en la calle como en la faz de mi mente.
En ese preciso momento en el que inspiro una gran calada de frío aire que congela mi interior, empiezo a oír lo que menos quiero oír, a excepción de su voz llena de recuerdos tratados con calma y delicadeza.
Por mi cabeza, dejando la tormenta aislada fuera de mi capucha, resuena la canción. Esa canción capaz de acabar conmigo sin piedad, con su letra alentadora, su ritmo inconfundible, y su larga historia.
Aprovechando que la lluvia empapa mi cara, suelto unas lágrimas que se disimulan gracias a las gotas de agua caídas desde el cielo, como si supieran que tenían que caer en ese preciso momento, dando a todo un tono de nostalgia y peculiaridad.
"I will wait, I will wait for you...", canto en susurros apagados mientras veo mi vaho ascender hasta el cielo, ahí a donde fue a parar todo, dejando la realidad, donde sé que aún se puede ser feliz, aunque cueste.
Miro hacia delante, veo la calle solitaria, me seco las lágrimas con la manga, sin mucho éxito, ya que rompo a llorar tanto que mis lágrimas van al son de la lluvia.
No me queda otra, sigo con mi larga travesía, esperando llegar a algún sitio que de verdad merezca la pena. Tal vez busque algo que ni si quiera exista, pero si no busco, nunca lo sabré.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Parches.

Hoy, en mi reducida y (milagrosamente) silenciosa clase, en historia, hemos estado hablando del "Despotismo Ilustrado", que trata de un parche que trataron de poner los monarcas de la época para que los reyes de esa época aún tuviesen el poder en una monarquía absoluta, sin que el pueblo se revelara, y mantener al pueblo "contento", pero sin mucho éxito. La gente se dio cuenta y tras la muerte de estos monarcas, el Despotismo Ilustrado desapareció.
  Esto me hizo pensar en bastantes cosas, y relacioné la historia de nuestro pequeño mundo con algo tan remoto como el amor.
Muchas veces, en el amor, la gente trata de poner un parche en la herida que le ha dejado su pasado, y en este caso, utilizan a otra persona, a la que supuestamente aman, como parche, para olvidar su pasado, pero, como en la historia que se repite una y otra vez, no sirve para nada.
Estos ilusos parches que se sienten queridos, son engañados, y una vez quitado el parche, el propio parche es el que necesita otro parche para tapar la herida que le ha dejado ser un parche de otra persona, y así sucesivamente, convirtiendo este mundo en un mundo de inútiles parches.
Desde mi punto de vista, deberíamos evitar usar parches, como en la historia, y aceptar nuestros fallos y derrotas en la vida, como las hubo en el inmenso trayecto de la vida de nuestro planeta. Una vez aceptadas estas derrotas, de nada sirve poner un parche, ya que lo que de verdad consuela es ver el futuro con mejores ojos, sin futuros fallos, y con alguien que de verdad te haga sentir bien acompañado en un buen momento de tu historia, aunque, sin duda, habrá más heridas y fallos a lo largo de tu vida, pero, sinceramente, ¿qué importa el pasado cuando lo pasado pasado está? ¿Qué importa recordar que algo te hirió si te sirve de lección para un futuro mejor para ti?
No recaigas nunca, y jamás uses parches. Los parches solo enfadan y consiguen que hayan revoluciones, quitándote todo el poder de encima, como a aquellos monarcas ilusos y frustrados por el poder que empezó a coger el pueblo. Por eso, antes de que el pueblo (o en este contexto, el amor) se vuelva en tu contra, utiliza el verdadero afecto como primer valor, una buena solución, no un desgastado e inútil parche.
Recuerda, la historia de tu vida está lleno de heridas, heridas pasadas, que como todo pasado en la historia, termina por ser recordado en el momento más o menos oportuno, por eso, ánimo.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Me presento.

Hola, buenos días, tardes, o noches.
Me presento, bueno, más bien, vengo a que poco a poco me conozcáis vosotros. No me gusta decir cómo soy en unas cuantas frases, y, la mejor manera de mostrar mi forma de ser, es que podáis leer mis pensamientos, pensamientos que a partir de ahora, podré compartir sin preocupaciones, ya que vengo aquí con ánimo de que sin saber mi cara, me juzguéis por lo que soy, y no por cómo soy.
Vais a observar que tengo pensamientos muy extremistas, y también ideas que no son ciertas del todo pese a mi corta experiencia de vida, ya que aún soy un adolescente, pero por eso siempre acepto las críticas constructivas y será un auténtico placer contestar a esos comentarios.
Espero que os guste, y si no, lo siento.
Un saludo, yo.