lunes, 6 de enero de 2014

Parches, el peluche.

¡Felices fiestas, lectores míos! Hoy es el día de los reyes magos, una festividad que trata de regalar juguetes, objetos o incluso animales a los demás. Todos buscan los regalos perfectos para sorprender siempre a los receptores del detalle, pero hasta en estas épocas hay afectados.

Esta historia trata de un peluche llamado Parches.
Nuestro peculiar protagonista no tenía dueño, se limitaba a tener un precio en una tienda donde los demás juguetes podían presumir de rozar la perfección, de que siempre algún niño estaría dispuesto a llevárselos a su cálido hogar donde serían abrazados y participarían en miles de aventuras, mientras que nuestro tigre de peluche se limitaba a ver desde el fondo de la estantería de la tienda donde era vendido cómo cientos de niños elegían a los peluches sin defectos, dejando a Parches sin dueño por su mala fortuna, la falta de su brazo izquierdo dejando un espacio liso.
Día tras día, nuestro adorable pero defectuoso peluche era causante de burlas y mofas de niños que solo buscaban un juguete perfecto que enseñar a los demás y de padres que jamás se gastarían su dinero en un muñeco con un solo brazo. Los críos de la ciudad se agolpaban frente a Parches para centrar su mirada en el hueco vacío que dejaba la ausencia de su inexistente brazo. El peluche empezó a estar harto de esas situaciones, de que nadie le admirase, de que su existencia no importase a nadie, pero él no podía hacer nada al respecto.
Un día una persona vino a recoger a Parches, pero no para llevárselo a su casa, si no para transportarlo a otra tienda donde tal vez su suerte cambiaría, pero después de cambiar de establecimiento varias veces, su futuro seguía siendo el mismo, no hacía otra cosa que lamentarse por su existencia en todo momento, hasta que en navidad fue llevado a una tienda outlet, aquellas tiendas donde son llevados objetos pasados de moda que nadie superficial quiere.
Allí Parches podía ver cómo diferentes personas le trataban como un objeto peculiar, un juguete que ningún niño querría en el pié del árbol de navidad como un regalo más, una ilusión, un amigo, como otros muchos juguetes.
Su suerte no cambiaba, hasta que un día que parecía asemejarse a los demás, una niña de ya avanzada edad que buscaba un regalo que quería comprar para consumo propio se acercó a Parches como si no hubiese visto nada igual en su vida. Nuestro pequeño peluche ya sabía lo que venía después de que alguien se fijase en él: burlas, risas, y luego abandono en aquella vitrina en la que ya tenía asumido que iba a pasar su vida, pero no fue así.
Esta adolescente, Meeri, le agarró de su blando cuerpo de peluche y se lo llevó entre sus manos para propinarle un abrazo que jamás nadie le había dado. Parches, desconfiado, se sintió confuso hasta que comprendió que por fin alguien había sabido apreciar su belleza y su presencia en aquella tienda, y por fin sintió algo que jamás había sentido, la felicidad. La adolescente llamó a su madre con el peluche al que ya había cogido cariño entre sus brazos y le pidió de todas las maneras habidas y por haber que se lo comprase, recibiendo una respuesta negativa que indicaba que jamás compraría un peluche defectuoso como Parches para ella, y esta, apenada, volvió al sitio donde anteriormente se encontraba el peluche. Meeri abrazó al tigre de peluche una última vez a modo de despedida, le separó de su torso y le dirigió a Parches una sonrisa que nunca había recibido, una sonrisa parecida a la que había visto pocas veces entre amigos y entre parejas enamoradas, una sonrisa que cambió su vida por completo. Después de un rato, la adolescente, apenada, dejó con delicadeza a Parches en su pequeña vitrina de cristal, y se marchó de la tienda.
Parches ya no necesitaba nada más para ser feliz toda su vida, ya le daba igual si no tenía un hogar en el que pasar la eternidad, ya había recibido todo lo que quería, alguien que de verdad le admiraba a pesar de su defecto de fábrica, alguien que le quisiera y le diera todo su cariño, aunque solo fuesen unos minutos.
Se quedó en su vitrina de cristal esperando para siempre con todas las esperanzas de que apareciese alguien como aquella adolescente para al menos recibir un abrazo o una sonrisa.

Debido a que esta historia está basada en hechos reales, posiblemente Parches aún sigue esperando a su dueño en aquella vitrina de cristal, apenado al no tener un hogar, pero feliz al saber que aún queda gente en el mundo que sabe apreciar cualquier cosas aunque sufran algún defecto, por grande o pequeño que sea.
La gente solo se dedica a buscar la perfección juzgando a las cosas imperfectas que interiormente son imperfectamente perfectas.

2 comentarios:

  1. Preciosa esta entrada al igual que todo el blog. Nunca dejes de escribir :)

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    1. Muchas gracias por comentar y leer mi blog. Es un placer saber que mi trabajo gusta. ^^ Nunca dejaré de escribir, que es lo único que me desahoga.

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