martes, 17 de febrero de 2015

27 rayos en la oscuridad.

Todo está oscuro, solo una bola grande blanca difusa ilumina desde el cielo lo poco que puedo distinguir entre las tinieblas.
Tengo los pies descalzos y noto unas tablas de madera ásperas que pueden dañar mi piel, pero no lo hacen excesivamente, así que empiezo a andar, me adentro más hacia un reflejo que veo a lo lejos, y descubro que está situada sobre una inmensa porción de agua que conforma un mar que abraza cada pocos segundos la arena que apenas se puede distinguir por la tenue luz que se alza por todas partes.
El agua está revuelta, siento miedo, ¿qué hago en un lugar como este? Me paro en seco y me pongo a analizar el paisaje, estoy en unas tablas de madera que forman un largo paseo elevado al lado de la orilla de un gran mar oscuro, con olas inmensas que acaban formando remolinos en la arena, que brilla en ciertos puntos debido a la arena cristalina que recubre todo el lugar. Mirando hacia la gran luna que poco a poco se hace más grande  puedo vislumbrar un barranco bastante alto a la izquierda que corta el límite del mar formando una pequeña bahía, donde un pequeño objeto mate se alza sobre la superficie del agua, está quieto, la revuelta no le afecta ni las olas se atreven a sobrepasar su corona, no se atreven a desafiar aquella silueta tan insignificante a los ojos inciertos.
Doy unos pasos más en falso salteando los pequeños huecos que deja la madera cada unos pocos centímetros y empiezo a distinguir las siluetas de personas sentadas en el borde de las tablas por las que paseo, todas ellas calladas, mirando sin rumbo hacia el horizonte que traza el mar bajo la inmensa luna que ya ha alcanzado unas proporciones tales como para alumbrar el agua convirtiéndola en un liso paraje tranquilo y plateado con la apariencia del cristal más frágil pero resistente a cualquier corte.
La luz que desprende ese paisaje me permite ver mejor todo a mi alrededor y poder distinguir lo que antes había calificado como un objeto mate que reinaba la superficie del agua. Se trataba de un amarre que sirve para amarrar los barcos a los puertos y evitar que sean llevados por las corrientes, pero ahí no había barco ninguno, ni si quiera un puerto cercano, pero ahí estaba, reinando un lugar ajeno al que no pertenece. 
"¿Qué hace ahí?", pienso, "es raro, nunca había visto algo así".
La gente parece estar habituada a aquél hecho, aunque no todos, algunas personas se espantan y huyen al descubrir lo mismo que yo acababa de razonar.
Me acerco a una pareja que parecían esconder sus rostros mientras cogidos de la mano miraban hacia el amarre, y articulo la pregunta que deseaba hacer sin mirarles; "¿qué es eso exactamente?"
"Ahí se amarran los sueños que no quieren ser ahogados" - me responde una voz rasgada.
La respuesta me deja satisfecho pese a no darme ninguna razón lógica ni haya despejado mis dudas, pero a veces las cosas no tienen lógica y ocurren sin más, es decir, puede que te encuentres en medio de la oscuridad con un mar revuelto desquebrajándose en mil pedazos que intenta cubrir la tierra firme que conoces, y ahí estás, desde un sitio elevado con la necesidad de elegir, con miedo a lo que puedas encontrarte, y puede que de repente aparezca una gran estrella luminosa que te aclare el camino, que calme el agua que antes tendía a las deformidades creando una capa lisa plateada donde solo quedan los recuerdos que tenías antes del haz de luz, y entonces te darás cuenta de que siempre has tenido algo resistente a todo lo que antes te acechaba, un amarre que permitía a tus sueños seguir a flote, y junto a la luz ahora presente poder creer que es posible cumplir todo aquello que siempre has querido, porque es posible ahora que tienes el camino al descubierto y el mar en calma. Nunca rendirse, es el último hecho que voy a cumplir.
N.
(Inspirado en un sueño que tuve).