viernes, 16 de diciembre de 2016

Cómo perder un tren en más de dos años.

El movimiento del tren nos balancea, mecidos como en la cuna de un bebé,
esperando miles de sueños que liberar y encarcelar, tiempo de desconexión, lugares sin lágrimas.
Me agarro, vienen turbulencias y no llevo ningún tipo de protección, ni si quiera interna.
Nos azota una tormenta de inmensas proporciones, te miro para alertarte pero ya no estás en el vagón,
me giro hacia la puerta, y esta, abierta completamente, deja entrar el frío al que ya no estaba acostumbrado.
Tiemblo, y no sé si es del frío que siempre nos acoge en otoño, o si es por lo que estaba a punto de hacer.
Mis manos se apoyan sobre el asiento y me empujan hacia delante, haciendo que mis pies sigan el ritual suicida que ya conocía, y acabo fuera, en las vías, buscando tu rostro entre la espesa lluvia que inundan mis ganas de nadar, de seguir adelante y bucear entre la espesura de tu piel, llegar dentro, y clavar mi bandera sobre la faz de tu corazón.
Creo tener la mente clara, pero me doy cuenta de que mi cuerpo no está dirigido por mi cerebro, soy inconsciente, mi superación vuelve a segundo plano, y vuelvo otra vez al camino de ser el doceavo plato.
Lentamente, a 300 kilómetros por hora, me adentro en la tormenta y ráfagas de aire me abofetean la cara, haciéndome retroceder hacia el tren, salida fácil, no más fallos, pero continúo, estoy seguro de que tras la tormenta encontraré la paz, el marrón de tus ojos, el cielo estrellado sobre nosotros, tú, mi tesoro a media jornada y mi recuerdo más bonito jamás almacenado en mi pasado.
Me adentro, intento bailar con el viento para hacerme paso con un falso vals de paz y esperanza, y tras las lágrimas de compasión consigo penetrar el núcleo de aquella preciosa catástrofe.
Allí, en medio de un tornado sin fin, atrapado, inerte, sin color, yace mi cuerpo deshonrado, cubierto de las más bellas palabras que jamás te dijo, o te dije.
Me acerco a la escena del crimen con dificultad, no veo nada más allá del daño reflejado en las lágrimas del cadáver, y justo antes de caer en la misma trampa grito de rabia, quiero rayar el sol, quiero asustar a las estrellas, hacer volar de norte a sur mis palabras sobre cada amanecer y recordar dónde te escondes en cada anochecer, para así encontrarte y jamás verte desaparecer, como siempre, en ciclos de tristeza e impotencia.
Pero no estás, nunca estás, solo veo tu cara, tu cuerpo, cada trazo de piel que hace un tiempo logré conquistar, perdiendo todo en apuestas de azar.
Sigues a mi lado, y aún así te noto más lejos que nunca, y es que cada vez que trato de buscarte te acabo perdiendo.

domingo, 9 de octubre de 2016

El imperfecto porté.

El escenario a mis piés, yo en el suelo, y tú volando.

Noches eternas ensayando lo que sería mi noche final,
rodeado de alcohol, canciones sin sentido y gente de paso.

Elevo la mirada atrás y con cierta perfección ejecutas un distinguido porté,
un momento eterno, un pensamiento incierto y un deseo fugaz,
alguien me dijo hace un tiempo:
"una vez una estrella fugaz nos vió y pidió un deseo"
porque lo nuestro era aún más fugaz que un pequeño verano,
un largo invierno que transorfma sus noches en pérdida de ojalás,
y ahí te veo, entre tus olas elevando el porté hasta el cielo
brindando por todas las noches no vividas y perdidas,
tu movimiento me fascina aún ahogándome en tu eco,
que sale de mi garganta pidiendo algo más
como un chupito que calme mi sed de acción,
bailo, me muevo hasta acabar en innación
sentado en cualquier portal tratando de olvidar el camino que seguí,
y ahí seguías, danzando con mis sentimientos, jugando con cada uno,
eligiendo cada acción innacesible desde tu torre de control,
y te miro, otra vez más, con cierta pena, y pierdes todo el encanto,
se va la elegancia de tus actos, te me escapas de entre los dedos
y ahora me muevo por inercia lejos de ti, me escapo
a un lugar donde el baile aún es libre, donde mi escenario es mi hogar
y no tus pasos que me alejan de ti por cada beso perdido en pura inocencia.

miércoles, 25 de mayo de 2016

1:52

¿Alguna vez habéis visto la caída antes que el acantilado?
¿Alguna vez habéis visto un tren a punto de colisionar y os ha inundado vuestro interior de pura y puta impotencia?

Varios trenes viajan por la madrugada, con los ojos pegados por las legañas, sin saber cuál es su dirección fija,
no sé muy bien cuántos son, la niebla no me deja ver, o no tengo claro si son las lágrimas que quieren salirse de mis ojos para evitar los accidentes,
tampoco sé cuántos viajeros llenos de sensaciones y gritos van a bordo de aquella muerte anunciada por los maquinistas a través de una gruesa puerta que jamás se abrirá,
no sé las veces que he dicho que nunca iba a permitir una catástrofe de estas magnitudes, aunque jamás me imaginaría que acabaría siendo tan jodidamente fuerte,
tan machacador,
tan triste.
Esta noche es de luto para aquellos que esperan una vida mejor, un sentimiento duradero y correspondido, una eternidad de noches entre droga y alcohol, entre sexo y risas, entre caricias y miradas cómplices, entre los que somos nosotros y los que son ellos,
la oscuridad que atenua la luna llena nos la cedo, brindemos como dos trenes colisionando, dejando un bibrante sonido ahogado en silencio perpetuo, dando paso a un salado sabor de ojos, de boca, de madrugadas en vela y de velas en madrugadas.
¿Sabéis cuándo es muy tarde para volver atrás? Cuando darías tu puta vida por saber el final, y aún sabiendo el final, querer elegir las mismas cosas una y otra vez, porque nuestras primeras, segundas, o terceras veces las disfrutamos de verdad, y no importa cuántas veces acabemos ebrios de la emoción, siempre querremos más de lo que nos cabe dentro.
Lo duro es cuando sabes que jamás va a haber más,
que las sombras se comen el camino que veías metros atrás,
que es tiempo de caer en la sobriedad de una vida en caída.
Sentémonos y observemos cómo nuestras pequeñas personas convertidas en hogar explotan, se alejan, volando entre humo saliendo de brasas que quemarán cada noche, cada canción, cada poema.
Quedémonos quietos mientras miramos los trenes ir en dirección contraria, dirección suicida, dirección fácil, salida equivocada.
Miremos cómo... ¿sabéis qué? A la mierda esperar, a la puta mierda quedarse de brazos cruzados, hay que evitar el choque, al menos cuatro heridas podrían evitarse, y quiero correr, quiero chillar que todo va mal, que así no es como funciona en los cuentos que me contaban de pequeño. Cada día se torna más difícil, más gris, más solitario, más frío... como las vías del tren que pronto arderán.
Me dirijo corriendo hacia el lugar de la futura colisión, intento no dejar escapar un grito recordado,
sin pensarlo me pongo en medio de la vía, con los brazos extendidos hacia los dos trenes.
1:41- Miro a ambos lados, los trenes no tardarán mucho en llegar.
1:41- Cierro los ojos con todas mis fuerzas (esto va a doler).
1:41- Mierda, hay otros dos trenes que también colisionarán centímetros atrás, ya no hay tiempo, no hay más de mí, al menos no conocido.
1:41- Siento cómo me arden las llemas de los dedos y entonces ocurre lo que estaba esperan

martes, 22 de marzo de 2016

Como Troya.

Y siempre acabo esperando el triste final que me haga llorar contra mi almohada,
gritando a mi humilde corazón como si tuviese la culpa de mi propia decisión,
mi corazón se asusta, corre dentro de un congelador convirtiendo todo en escarcha,
¿dónde ha ido? No lo sé, pero lo guardo bajo llave y enterrado al lado de un barranco.

Me gusta la lluvia, adoro el olor a tierra mojada y humedad que deja, me hace feliz...
anoche llovía, abrí la ventana y saqué la cabeza esperando encontrar ese aroma...
pero solo tu olor vino a mi cabeza, ¿y sabes qué? La felicidad entró como el caballo de Troya,
preparado para incendiar todo mi interior y acabar con el hielo tirano que ocupa mis vías.
La sangre es derramada dentro de cada una de mis venas que me cuentan que te han visto pasar,
me gritan que han notado cómo te posas en mi piel, en mis ojos, en mi olfato, tocando mis labios...
Tú, guerrero del arte renacentista de mi inerte cuerpo, haces conectar mis impulsos nerviosos,
que me golpean avisádome de que tienen miedo del daño, de lo pasado y poco previsto,
susurran que sigues teniendo ese increíble exterior que es capaz de revolver todo mi interior,
cuchichean que sigues teniendo ese increible interior que crea sonrisas en todo mi exterior...
Intento cubrirme de frío otra vez, ropas oscuras para ir siempre de luto, de luto por mí,
de luto por mis ganas de enamorarme y volver a sentirme a gusto con los trenes,
pero como terapia de choque prefiero enamorarme de ti que seguir siendo de hojalata,
buscando mi corazón por tierra, mar y aire, y resulta que te lo llevaste tú... ahora aquí estáis,
ya no tengo que ir siempre de negro, vuelve a sentir, ha revivido, y con él, yo, nosotros,
yo.

sábado, 13 de febrero de 2016

Pluviófilo o lo que sea.

Y aún os preguntáis por qué me gusta tanto la lluvia...
El frío, el ligero viento, el aroma a tierra mojada que le acompaña,
limpia las calles, deja todo como estaba y hace brillar el suelo,
ellos bailan, cantan, dan paseos, se besan, imaginan una nueva vida...
lloran, divagan con su música, piensan, recuerdan antiguas vidas,
los nubarrones acompañan al uniforme cielo que siempre brilla tras las nubes,
las gotas camuflan nuestros llantos, nos permiten sentirnos acariciados,
abren nuestros pulmones, abren nuestros cerebros,
los pájaros son menos libres, pero los peces siguen siéndolo,
si no puedes volar habrá que aprender a nadar,
no puedes esperar vivir continuamente bajo el sol,
el cielo también se entristece y se desahoga,
siente y lo sento pero siento sus sentimientos como míos,
conecto con el ambiente, el sonido de las gotas contra la ventana,
me tumbo en mi cama y me siento igual de solo,
me gustan los días lluviosos pero me hacen un poco menos alegre,
porque...
el viento acaba llevándose todas aquellas nubes difíciles,
incluso las fáciles desaparecen dejando solo gotas a su paso,
el cielo se queda solitario, y al final es así cómo acabo...
todo el camino recorrido, tanto tiempo bailando bajo la lluvia,
tantas risas y canciones malgastadas con euforia calándonos,
yo y todos ellos y ellas, personas que como nubes se van yendo,
poco a poco, arrastradas por aire que al final acabo creando yo.
Y aún os preguntáis por qué odio tanto los días soleados...

sábado, 23 de enero de 2016

Agua siendo mente.

La ropa está mojada, se pega poco a poco a mi piel creando un fino escudo a medida que me protege de la luz,
estoy en la sombra, tumbado, mirando hacia arriba, pero no hay cielo, solo un techo de hojas y ramas bastas color marrón grisáceo.
Me levanto e intento ponerme en pie, pero enseguida tengo que apoyarme en el árbol más cercano para no caer plano sobre el suelo,
las piernas me fallan, quiero andar, salir de esa oscuridad tenue y desalentadora, quiero esperanza, quiero volar, me fallo a mí mismo, solo quiero llorar.
Abro bien los ojos, miro ampliamente a mi alrededor en busca de una salida, pero no hay luz en la inmensidad del espeso bosque que me rodea.
Oigo a los árboles hablar, cuchichean sobre mis mojados atuendos, sobre mi cara entumecida por el frío, sobre mi miedo interno que va comiéndose mi valentía poco a poco.
Me tapo los oídos e intento dar unos pasos en falso que me saquen de ahí, quiero llegar a mi hogar, a donde el sol resplandece hasta dejarte ciego, a mi mullida cama donde poder descansar finalmente,
pero fallo, me tropiezo con una gruesa raíz que parecía estar burlándose de mi pasado, de todo lo que tenía por verdadero y por propia religión, de aquellas noches pensando en todo siendo nada.
Cierro los ojos mientras mantengo las palmas de mis manos sobre mis orejas, "esto no puede ser real, debe ser una pesadilla", pataleo débilmente, grito, intento arrastrarme, pero las fuerzas son nulas.
A medida que van pasando las horas agonizando las copas de los árboles van decreciendo, dejando menos espacio entre sus tochas ramas y mi frágil mente, quiero huir, intento arrastrarme, pero alzo la vista, veo que el camino es infinito, y mis motivaciones se desvanecen como el vaho desprendido de mi interior a las dos de la madrugada una noche de enero, ya no tengo ganas, decido dejarme aplastar por las ramas.
Tarde.
Pronto.
Mi ropa encoge, el cuello empequeñece y me asfixia, me deja sin aire y sin pulso antes de tener un ataúd natural de madera.
Presión, angustia, ansiedad, el agua seguía apretando, asfixia, todos ahogados, todos perdidos, los días lluviosos ya parecían menos días y más noches.

domingo, 17 de enero de 2016

Serendipia en el frío.

Dicen que los infinitos existen, que los "para siempre" no son efímeros como una calada de un cigarro en medio del viento, que si no estás bien no es el final... dicen tantas cosas que no saben ni lo que piensan.
Es verdad que sostenemos con más fuerza las cosas que más miedo tenemos a perder, y al final la mayoría acaban cayendo... la gravedad existe y no es tan leve como lo pintan los artistas abstractos.
Supongo que la vida trata de arriesgar, de invertir en aquello que queremos y esperar que no se rompa en mil trozos o en lágrimas, solo, no sé qué pensar a veces.
A veces me levanto en medio de la larga noche entre pesadilla y pesadilla con la respiración entrecortada y los nervios explotando mis venas... a veces, solo a veces, tengo algo de miedo.
Llevaba tiempo sin creer en la luz al final del túnel, en la luna jugando al escondite con el enamorado sol, o en las noches de lluvia con más sonrisas que letras en mis escritos...
Tiempo atrás me devastaron, lanzó mi cuerpo en un río, se aseguró de que no saliese a flote, física y mentalmente estaba ahogado, era más hielo que fuego, más vapor que humo,
pero ahora al final de la corriente veo distante la luz que no buscaba, la inmarcesible serendipia que teñía cada tarde el cielo, había encontrado lo inefable que no esperaba encontrar,
al fin y al cabo jamás había creído en la humanidad, y menos en las personas.
Que le jodan a las corrientes frías, que se fastidien los días húmedos que me ahogaban y el no creer nada de nadie por lo aterrado que estaba de la tierra firme,
mi gusto por lo efímero resultó haber sido también efímero, se marchó con la corriente que seguía, bajaba, y yo me quedaba a flote en el mismo punto de hace un mes,
el tiempo sí que es efímero, parece ayer cuando le vi esperando en "el sitio del primer día" con mi cerveza a medio terminar y su vaso a rebosar,
mi ilusión no lo es, si hay que arriesgar lo haré, si hay que sostener con fuerza agarraré hasta que mis manos sangren y aún así no soltaré, si hay que confiar... no confiaré en la humanidad, pero sí en él.

miércoles, 6 de enero de 2016

"Podrías haber escrito sobre cómo se pierde la ilusión"

Hace frío en las calles, la lluvia empapa hasta las mentes mas duras y penetra en todos los sentimientos que nos esforzamos por esconder dentro de nuestra caja torácica.
Las coloridas luces iluminan lo que no se puede ver aparentemente entre el cielo y la tierra, allá donde se supone que van los sueños, las ganas de un abrazo o la famosa ilusión que se desprende de nuestra piel poro a poro, creciendo con nosotros las ganas de nada, de ser la mitad de lo que siempre hemos sido, no nos esforzamos para seguir sintiendo lo que tanto nos hace sentir libres, nos es más fácil huir de lo difícil que seguir con el deterioro de nuestra emoción interior por crear ese ambiente mágico y feliz.
Ya no nos gusta tanto ser felices, nos gusta ponernos en lo peor, somos así, crecemos, y nuestra  pequeña molécula de idiotez lo hace a la vez comiéndose nuestras ilusiones y sueños, nuestra valentía para hacer todo aquello que queremos.
Nos limitamos a seguir sin saber si quiera a dónde nos dirigimos, nos da miedo hasta buscar un compañero de viaje porque es arriesgarse todo o nada, y la gente ya no hace eso, todo está marcado, solo hay baches que superar pero no caminos que seguir, y no sé hasta qué punto eso me pone los pelos de punta hacia dentro, clavándose en mi núcleo, haciendo crecer mi gusto por la música triste, la lluvia golpeando mi rostro desnudo o el frío amparando mis pies bajo la inmensa oscuridad.
Lucho por echar fuera ese fantasma de mi interior que lleva a la monotonía, a no creer en nadie, a desconfiar de la forma en la que dos personas se miran o se cogen de la mano, a querer dejar de lado la batalla contra lo ordinario y buscar lo que queremos y no nos atrevemos a hacer aparecer.
Creemos que lo hacemos bien, solo nos escuchamos a nosotros mismos, nos gusta ver lo desgraciados que somos, la vida de mierda que llevamos, los fracasos que supuestamente definen quiénes somos delante de una sociedad arruinada aunque extendida como un brote de peste capaz de matar en la Edad Media a medio mundo, solo que esto es mucho peor. Odiamos pensar que nos equivocamos y que hay más posibilidades de las que creemos que existen, no escuchamos, es más fácil no respirar y ahogar todo a nuestro paso.
No escribo para mostrar lo que veo, para eso tenemos los ojos y vemos la realidad que a cada uno le gusta ver, escribo para demostrar que aún hay gente esperando el día en el que la ilusión se coma las ganas de quedarse en la misma sombra esperando a la tormenta, personas capaces de imaginar un mundo diferente donde los sueños ganen a las manipulaciones de la realidad, seres humanos que aún saben que apostar no es perder, individuos ilusionados por el tiempo pasando entre ellos y la mirada de sus personas especiales, somos, simple y llanamente, gente con ilusión.

Atardecer rosa.

-¿Por qué el atardecer es naranja?
-¿Por qué no?
-¿A qué te refieres?
-Cuando te enamoras no eliges de quién lo haces, pero sí la intensidad de lo que quieres dar o aportar y las ganas que le echas para que sea como quieres que sea y los demás lo vean. El cielo también se enamora, y si lo ha hecho del color naranja bien está, solo es decisión suya si un día lo muestra con más o menos intensidad, o si llora formando nubes que tapan lo que no quiere que sea visto, pero eso no acaba de ser solo una capa exterior, aún le importa. Al día siguiente, cuando la tormenta haya pasado, enseñará de nuevo el verdadero color del que siempre se ha sentido orgulloso.
-Vaya...